Un guerrero indio encontró un huevo de águila en el tope de una montaña, y lo puso junto con los huevos que iban a ser empollados por una gallina. Cuando el tiempo llegó, los pollitos salieron del cascarón, y el aguilucho también. Después de un tiempo, aprendió a cacarear al escarbar la tierra, a buscar lombrices y a subir a las ramas más bajas de los árboles, exactamente como todas las gallinas. Su vida transcurrió en la conciencia de que era una gallina.

Un día, ya vieja, el águila estaba mirando hacia arriba y tuvo una visión magnífica. Un pájaro majestuoso volaba en el cielo abierto como si no necesitase hacer el más mínimo esfuerzo. Impresionada, se volvió hacia la gallina más próxima y le preguntó:

- ¿Qué pájaro es aquel?

La gallina miró hacia arriba y respondió:

- ¡Ah! Es el águila dorada, reina de los cielos. Pero no pienses en ella: tú y yo somos de aquí abajo.

El águila no miró hacia arriba nunca más y murió en la conciencia de que era una gallina, pues así había sido tratada siempre.
Extraido del libro “La culpa es de la vaca”

Todos tenemos un águila interior ¿Por qué no intentar descubrirla? En la mayoría de nuestros actos se encuentra el miedo a lo desconocido. El temor a fracasar. Todos tenemos ese temor en nuestro interior. Lo importante es saberlo vencer. Casi siempre estamos derrotados antes de iniciar la lucha. Así, el águila de nuestra historia, a pesar de serlo, murió sin intentar ser lo que era. Si fracasas inténtalo de nuevo. Sólo quien no lo intenta jamás fracasará, pero jamás obtendrá el éxito y sólo obtendrá la mediocridad. Ser mediocre no es malo pero tampoco es bueno. Si tu meta en la vida es ser mediocre, olvida esta historia.

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